Hay recuerdos que se quedan dentro de una como pequeñas luces que nunca se apagan.
Momentos de otra vida que siguen respirando en silencio, en algún rincón del corazón.
Y cada otoño, cuando el mundo habla de Black Friday, de prisas y de ofertas, yo vuelvo inevitablemente a uno de esos recuerdos.

Hace muchos años, antes de ser madre, cuando aún viajaba mucho por trabajo y el mundo me quedaba inmenso y abierto, tuve la suerte de vivir dos Thanksgivings seguidos.
Dos experiencias tan distintas que todavía hoy me conmueven.

El primero fue en Quebec.
Un Thanksgiving familiar, cálido, con un aire muy parecido a nuestra Navidad: mesa puesta, gestos sencillos, esa sensación de pertenecer aunque estuvieras lejos.
Fue como recibir un abrazo suave en un lugar desconocido.

El segundo… el segundo fue en Nueva York.
Sola, trabajando, en una ciudad que siempre va deprisa.
Aquel día festivo decidí caminar, simplemente caminar, y sin saber cómo acabé entrando en una iglesia de Harlem, en medio de un servicio de gospel.
Era la única persona blanca en un espacio lleno de voz, piel y alma.
Y allí, envuelta en un canto que aún hoy me eriza la piel, terminé abrazada a un hombre enorme, un gigante dulce, llorando los dos de una emoción imposible de explicar.

Después salimos a la calle a repartir comida a personas sin hogar.
Hasta bien entrada la tarde, aquel Thanksgiving fue eso: comunidad, humanidad, compartir.
Y cuando todo terminó, caminé hasta Central Park.
Allí, entre árboles y aire frío, digerí todo lo vivido:
la sorpresa, la gratitud, la sensación —tan profunda— de ser una más, sin preguntas, sin filtros, sin prejuicios.

Aquel día tomé una decisión:
mientras pudiera, quería celebrar Thanksgiving a mi manera.
No por la tradición, sino por el sentimiento:
el de agradecer, el de compartir, el de reconocerme en los demás y dejar que los demás se reconocieran en mí.

Y cada año, cuando llega esta época, el recuerdo vuelve.
Y yo me siento, miro la tierra dormida, y doy las gracias.

Porque el campo también me lo enseña.
Mientras llegan los correos del Black Friday, mientras el mundo corre y acumula, la naturaleza habla de otra cosa:
de raíces que descansan, de semillas que esperan, de procesos que no se pueden forzar.

Thanksgiving me enseñó a agradecer.
El campo me ha enseñado a esperar.
Y la Navidad me recuerda que la luz vuelve siempre, aunque ahora los días sean fríos y breves.

Por eso este año, aquí en Flox, me gustaría reivindicar una Navidad distinta:
una Navidad lenta, cercana, sin ruido.
Una Navidad de gestos pequeños, de ramos que huelen a vida, de mesas donde quepan todas las emociones.
Una Navidad que se parezca más a aquel día en Nueva York:
donde nadie te pregunta “¿de dónde vienes?”,
sino “¿tienes hambre? ¿estás bien? siéntate con nosotros”.

Esto es lo que deseo para este final de año.
Y quizá también es lo que quiero compartir contigo:
un poco de calma, un poco de luz y un poco de verdad.

Si estas palabras te han tocado de alguna manera, me gusta imaginar que, en algún punto del mapa, estamos caminando bajo el mismo atardecer.
Gracias por caminar conmigo, aunque sea con los ojos y el corazón.

Susanna

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